En su juventud fue verdaderamente hermosa. Hay, incluso, quienes comentan que no existía aquel que habiéndola visto, se olvidara de ella. Tal es de este modo que por aquella época esta mujer ocupaba un lugar, sino central, al menos importante en las charlas de los hombres del barrio. No era extraño, por ejemplo, ver a los poetas deambular con los ojos bajos y levantar la mirada cada vez que alguna mujer parecida les salía al encuentro en alguna esquina; o encontrarse comiendo en asados repentina y masivamente silenciosos. A veces –dicen- daba la impresión de encontrarse nadando entre las penas que los poetas dejaban a su paso.
Es común oír a la gente del barrio que llegó a conocerla y que aún hoy sigue viva, que el motivo fue una herencia que recibió de un pariente lejano. Yo, a pesar de las advertencias de señoras ceñudas y portadoras de escobas con mira telescópica, creo en otros motivos. Decidió irse.
De este modo quedaron las poetas, salpicadas las veredas y el viento de palabras, olvidados como una flor que se traga el río. Pero así como perdieron una musa que era ella, o su cuerpo, ganaron otra: ella o su cuerpo en la distancia, en un lento desvanecimiento de letras.
Ya instalada en Buenos Aires, comenzó a codearse con los sectores más “altos” de la sociedad porteña que, según dicen, ni en un principio ni en un final la recibieron bien. A pesar de que los motivos de este rechazo no quedaron claros, algunos viejitos simpáticos arriesgan, no sin algo de picardía, que quienes rechazaron a la mujer, en realidad fueron ellas. Coinciden estas señoras –con las que he tenido el disgusto de hablar- que era de muy mal gusto la costumbre que tenía Ella de ostentar su belleza corporal, del modo más vulgar –agregaron casi todas-: usando escotes demasiado sugerentes. Entre estas viejecitas, una hizo mención –y luego se arrepintió- de un diariero. Según su confesión, Ella lo recibía varias veces a la semana, bien de madrugada ataviada con un camisón muy sugerente. Dijo, además, que un buen día ambos desaparecieron. Ahí es donde perdí el rastro.
Años después la encontré cruzando la Av. General Paz, en Córdoba. La distinguí a través del recuerdo de la mención que me hicieron sobre un sombrerito que acostumbraba usar, bastante particular. En cuestión de segundos el semáforo agitó ese mar humano, creciendo un color más entre los otros. Fue la única vez que la vi, o que creí verla.
Hoy debo conformarme sólo con tener dos fotos suyas. En una se muestra casi desafiante, con una sonrisa leve, cierta sombra proyectando una imagen confusa sobre su boca y su mejilla. Detrás, un parque, el cielo algo manchado por las nubes, las hojas de un árbol cercano acompañando de lejos el movimiento del pelo rojo, que era una especie de mano lenta sobre la frente. La otra también parece ser ella, aunque de un modo más distante. Conserva su belleza, pero lo mismo podría decir de la locura que habita en una caja de cristal, de la luz de una lámpara que se traduce a sí misma a través de una sábana violeta. Su piel, un árbol surcado por infinitos caminos de infinitos trazos, los músculos abatidos, derrumbando esa mirada desde la cual nace una húmeda tristeza de río que anuncia la boca, otra ondulación dentro del interminable marco de arrugas.
Unos años después de haberla encontrado en aquella avenida, tuve la fortuna de que me llegaran noticias sobre su paradero. Tal parece, estaba en un geriátrico, pagado con los escasos fondos que le quedaban.
Cuando llegué, recibí con gran dolor la noticia de su muerte. Había sucedido una semana antes. Me alejé mucho tiempo del caso, me había encariñado de una forma casi inexplicable con el simulacro de esta mujer que creé y reconstruí durante tanto tiempo, ingenuamente, y esta noticia derrumbó casi todas mis hipótesis. Quedaba sólo una en pie.
Los que siguen son averiguaciones que hice unos años después, nacidas de la ansiedad por concluir y de aquella noticia que leí en el periódico: todas las joyas desparecidas, excepto una, habían sido misteriosamente devueltas al Museo Nacional de Bellas Artes.
Guardaba, quizá por codicia, por nostalgia o simplemente por cariño, un pequeño alhajero –sumamente lujoso- que, contenía –según cuentan-, piedras y collares que quizá un rey podría envidiar. Incluso pude enterarme en el geriátrico de que había dos grupos claramente definidos que comenzaron a actuar en torno a este joyerito: por un lado estaban las indiferentes, que actuaban –mediante sarcasmos filosísimos- oponiéndose al otro grupo, el de las codiciosas o interesadas, que ensalzaban a la viejecita del joyero con calificativos verdaderamente laudatorios. Es muy probable que las guiara la pérfida esperanza de conseguir algo del tesoro de Ella. Basta con hacer mención de una tal Estercita, mujer un tanto enérgica, que llegó a hacer guardia durante una semana al lado de la cama de Ella, guardándola de la codicia de las otras ancianas.
Un día entre los días me encontraba tomando café en un barcito dentro del geriátrico, cuando se me acercó un anciano de ojos dulces y mansos que me dijo, con una voz llena de ternura y profundidad: yo fui su último novio. Nos quedamos en silencio durante un rato, tomando café y escuchando un tango de los ‘40. De repente, el hombre sacó algo del bolsillo, lo dejó sobre la mesa y así, sin decir más, se marchó, envuelto en una bata azul, cantando los casi últimos versos de aquel tango. Siempre rentendré el siguiente:
Yo viviré en tu idea
Enrique Cobián (F.C.)