Ladrones

By nitratoferroso

1

Ayer se cumplieron 20 años de la muerte del último de los integrantes de la pandilla que más controversia generó en la historia argentina. Un grupo de forasteros que cabalgaron estas tierras de norte a sur, de este a oeste. Huyendo de la ley en tiempos en que la justicia se ejercía por mano propia. Una época de hombres duros, valientes y sanguinarios. Los buscaba la policía y los asesinos a sueldo, que habitaban al por mayor en la Patagonia, en el litoral y en el norte; un trabajo digno en aquel entonces. También seguían sus pasos muy de cerca los asaltados: dueños de bancos, en su mayoría ingleses; también los grandes estancieros y terratenientes, abusadores históricos de su posición. Personas adineradas que se jactaban de poseer todo el horizonte y más.

Algunos dicen que ellos nunca existieron, que fue todo un mito, un invento de los peones, de los gauchos olvidados. Pero los testimonios orales están ahí, en la música del viento, en los viejos de manos gastadas, en los indios, en las mujeres enamoradas, en los hijos perdidos, y en las canciones alrededor de un fuego naranja. Porque la historia está en todos lados, en las cortezas de los árboles, en el correr de los arroyos donde se refrescaban tras una larga caravana, en los pueblos sin nombre, en la tierra, en las distancias recorridas.

Nunca los atraparon. Cada tanto aparecía un borracho gritando que él le había disparado a uno de ellos y lo había matado, pero eso era difícil de creer. A los meses llegaba la noticia de que habían asaltado otro banco más, y la gente respiraba aliviada. El pueblo pobre los quería. La peonada que había acompañado a Rosas hasta el final sentía que su causa era justa. Ellos le robaban a los que más tenían, burlándose de un orden que parecía único e inamovible. Se transformaron en los delincuentes más buscados, y los menos encontrados, por supuesto. Desde Sarmiento, pasando por Avellaneda y Roca, trataron de agarrarlos, de matarlos, de exhibir sus cabezas, o sus armas, para demostrar quién era el que mandaba. Nunca pudieron.

Se retiraron sin aviso. Desaparecieron dejando la sensación de que la pampa los tragó. Muchas son las hipótesis sobre la vida de estos cinco personajes pero es difícil asegurar qué pasó con cada uno de ellos. Hace 20 años se supo que había muerto en un pueblo de la provincia de Mendoza el último de ellos. Se calcula que tenía más de 90 años. Con él se fue un pedazo de la historia.

Hace 22 años, tuve la suerte de encontrarme con él…

Continuará…

2

Bustos estaba solo, separado del grupo. Meditaba. Sentado sobre una roca, apoyado con las palmas de las manos sobre el piso, pensaba y no sabía cómo hacer. De tanto en tanto agarraba una piedra y la tiraba lejos; jugaba con un palito en la tierra y agachaba la cabeza.

A unos quince metros estaba el resto. Becerra y García tomaban agua. Aprovechaban para mojar los sombreros, recuperar energías. De reojo lo observaban a Bustos. Casi no hablaban. Ambos sabían. La palabra es accesoria. Las miradas dicen más. Aguirre acariciaba a su caballo, le hablaba al oído. Sin decir nada decidieron esperar. Estaban cansados. Tampoco podían perder mucho tiempo; los perseguían, eso lo sabían, pero tenían que aguantar. Bustos. Aguirre. Becerra. García. A López lo encontrarían en algún otro momento.

Dejaron los tres caballos descansando. El cuarto animal reposaba.

Becerra rompió el silencio:

- No va a aguantar y el lo sabe.

- Esperemos –dijo Aguirre.

Lo escuchaban a Aguirre. Le creían.

El viento cálido acariciaba el paisaje.

Los cardos acompañaban la música, el silbido. Cuatro hombres, cuatro caballos. Nada más.

Cuando el sol se movió lo suficiente Aguirre se levantó y caminó hacia donde estaba Bustos. Le puso la mano en el hombro. No se miraron a los ojos. Bustos asintió y el otro se volvió para el grupo.

Pasó un minuto.

Y otro más.

Bustos se levanta. Camina.

Los hombres lo observan de reojo entendiendo la situación. Lo respetan.

Saca su pistola de la alforja. La revisa una vez. Apunta a la nada. La revisa de vuelta.

Y camina. Y se acerca.

Pascuyí descansa. Sabe que de ahora en más va a ser descanso. Que se acabaron las corridas para él. Bustos acaricia el lomo de su caballo. Acerca su cabeza y le susurra algo al oído. Pascuyí no da más. Ha sido un buen caballo, un animal fiel. Sus piernas no le permiten seguir. Hay un solo camino para él.

Bustos lo abraza. Pascuyí espera.

Es eso o lo peor.

Bustos apunta. Cierra los ojos. Nunca lo ha hecho. Hoy sí.

Dispara.

Los pájaros vuelan en bandada.

Los tres hombres se levantan, se ponen sus sombreros y preparan todo para continuar. Hay que continuar. No queda otra.

Cabalgan. Cuatro hombres en tres caballos.

Continuará…

Por Gringo (sin seudónimo)

Una respuesta para “Ladrones”

  1. Facu Dice:

    Si ya la otra vez me había quedado en la espera de la parte segunda, ahora espero que siga la parte tercera. La escena del caballo es tristisima, y creo que esta muy bien hecha.
    Gracias por sus letras Gringo. Un saludo che, nos vemos.

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