El cazador de mariposas

Octubre 4, 2008 por nitratoferroso

 

A un gran amigo

Que no me conoce.

“Andamos por ahí sin destino ninguno.

Cuando cazamos la mariposa y leemos,

ahí sí, se nos asigna el destino que pesquemos,

lo cual se llama libre albedrío”

A. Dolina

Corría detrás de ellas, carrera precipitada en sentido contrario no obstante las apariencias. Algo desesperadamente contento bailaba en su cuerpo atormentado, en el dorso de sus manos de delfín que surcaban el aire que era como una nube para esa espalda disimulada, iceberg que insinúa su fuerza desde una parte. El palo en alto y amenazante; una red cuidadosamente atada a él.

Permaneciendo entre los ocasos con el blasón de un héroe muerto, su pesada figura de gólem se arrastra, vuelve sus pasos hacia el cómodo imán de los mates, la radio, y el silencio rellenado con lecturas de Cortázar y Shua y etc., y está su tía –que no es su tía- en la casa; y para qué decir más, ahora que se sienta mientras ella le alcanza un mate y siente el sabor doblemente amargo, recordando el día, más que un día, una repetición de momentos tejidos en las fisuras de su negación rotunda, aunque débil, a ser arrastrado a eso que se llama inercia, un dejarse llevar por el río mientras sin duda su piel se arruga como se está arrugando, se desertifica en ese vaivén constante de silencios.

No puede ser esto. Podría estar una vida así y acaso no llegaría a ningún lado. Pero adónde llegar, qué es esto de tener un fin, un lugar de descanso, una meta como una señorita que le coloca a uno la guirnalda por correr más rápido esos cien metros. Acaso se trate de correr más rápido, de llegar primero. No, debe ser algo así como romper la carrera volviéndose hacia atrás con una sonrisa que podría rozar la fragilidad del final y correr con los brazos en las piernas, las piernas en las brazos, perderse en la tribuna, ser uno más, ser, abolir momentáneamente la soledad, destituir esa reina venenosa del trono, hacer el amor con Cleopatra y terminar con una cuchillada en su corazón para beber un poco de ese veneno, y sólo ahí, quizá.

A este paso cualquiera podría sospechar algo de italiano en nuestra vasta cultura gastronómica. Otra vez fideos: Fideos, fideos, fideos, agua, manteca, hervor, espera, lentitud agonía, fideos listos cocidos, sal -más tarde porque la abuela anda mal de los riñones-, -aunque ahora la abuela no está así que sal antes y ahora: plato, cubiertos, fideos, queso rallado y a comer. A comer viendo alguna película, tal vez hoy pasen Vainilla Sky o Eterno resplandor de una mente… qué película esta última : la realidad abriéndose paso entre los recuerdos y naciendo ahí, una experiencia inmóvil, pasado creado a partir del pasado, un presente pasado; inteligentemente, el director puede ver en el recuerdo de lo doloroso algo necesario, por eso nuestro protagonista sufre, pero sólo cuando es conciente de que están borrando sus recuerdos, heridas, agujeros mil veces preferibles al vacío,  un vaciamiento tanto más pronunciado cuanto menos lleno de ellas, aunque de una naturaleza claramente distinta a los de ese pobre soldado que hace cambiar el canal a Clarita, enteramente escandalizada con las cosas que se ven hoy en día, con el cable que está cada vez más caro y más amarillista –y también más verde-, y los impuestos y el perro que por qué no se calla, que dejá de ladrar chicho que quiero escuchar las noticias, y los brazos de tía Clarita que aprietan como un enorme oso polar lleno de frío, que tirita porque se murió no sé quien, y yo que no sé cómo tranquilizarla y le traigo un té que dice chá preto, y te va a hacer bien tía, no te preocupes.

¿Y esto? La casa de madera se alzaba monstruosamente delante. Las maderas hinchadas y la puerta pintada naranja pálido por la herrumbre, intentando escapar de sus goznes, coreaban la ruina. Curiosa versión de la torre de pizza, aunque sin su fama y toda esa innecesaria indumentaria artificial de que se rodea a los monumentos y obras que no suelen pasar de ser reproducciones de un estado de cosas que muere junto a otro que nace o lo discute. Entre tanta ruina, tallada en la madera, una mariposa con curiosas inscripciones.

No se sorprendió demasiado al despertarse bañado en transpiración, reconociendo en esa cama pobremente acolchada, su cama; en el piso de mosaicos sucios, su piso; en las paredes escritas, esas paredes que intentan salvar de su entierro las palabras de algunos autores, sus paredes, y, por qué no, sus palabras.

Clarita, el trapo frío, la pieza. Otra vez me dirá que me picó uno de esos mosquitos de porquería y se pondrá a despotricar contra cuanta cosas que casi siempre coinciden con el Estado, la economía, los cigarrillos –quién sabe las oscuras razones de su omnipresencia- y claro está, los jóvenes de hoy en día. Por lo demás, es bastante probable que me haya picado un mosquito. No puedo negar que los odio, especialmente en las horas de lectura, pero no podría juzgarlos tan severamente; son bichos, dudo que tengan la culpa de algo, ellos pican, como nosotros comemos o tenemos sexo, qué se le va a hacer.

Curiosos los sueños que, digo, las pesadillas que tengo. Clarita lo ve sonreír con los ojos entreabiertos, me mira sin saber que estoy pensando que quizá sería bueno escribir mis pesadillas-sueños: Sueñidillas, es su lugar común, su cotidianeidad, su muerte silenciosa, paso dado en las luces oscuras de alguna noche que impronunciable. Mis sueños han quedado sepultados. La pesadilla –mis únicos sueños y por eso, mis no-sueños en un plano como aparte, como lejano-, sueño mutilado, charla con el diablo, pacto cerrado en algún hemistiquio oscuro, que es como un vacío de símbolos trazados con la sangre de una bruja; nightmare, la yegua de la noche, como aquella pesadilla –aquel sueño- en la que una mujer pálida y desconocida me cortaba, especie de ritual que la convocaba a grabar en mi rostro breves trazos rojos, esclavizándome a sus límites: ella.

Qué atávicas uniones habrá entre el fuego y el infierno, de dónde nos vendrá este vínculo tan figurativo, cuestión que probablemente nos haga olvidar lo trascendental que hay detrás de todo; cosas estas que pueden ser rescatadas a través de una sensación como esta que produce la fiebre y huye de la sensación misma, dejando un espacio para la comprensión intermedia de puntos que se unen en la distancia, ese estar vacío-lleno.

Desde el recuerdo revivo sus pasos blandos de piel desnuda, de dedos despegándose del piso en el silencio y encuentro algo: el miedo a los terremotos, a que con uno o dos pasos suyos, un leve roce, los cimientos que sostiene un atlas olvidado se precipiten junto con todo. Entonces, entre la borrasca tenue del tabaco que flota en el aire, la cama me traga –cómo te entiendo ahora, Girondo- y me son regaladas imágenes de camas rotas de cansancio, de potenciales mares de sexo, de paredes acolchadas y escritas en mil lenguas –en una-, principios demasiado grandes para mis manos que se desesperan con tintas y plumas, imágenes esas de las que los sueños deberían adueñarse, haciéndolas más blandas, más masticables y difusas, y sin embargo nada de eso, sufra en la cama, húndase y quémese, sin hundirse y quemarse del todo, así, así, muy bien, que dentro de un ratito lo tenemos bien cocido y lo podemos comer con aderezos ¿ve?

37, ya estás mejor. Pero si serás, dónde habrás estado. Ahí tenés por andar dando vueltas todo el día quién sabe dónde. Seguro que fue un mosquito.

Ya está, ahí empieza la eterna perorata de los mosquitos y etcs., y yo cada vez más aburrido de oír esta repetición, como esos días… pero basta, le demos a tía clarita un beso así de gordo, qué bueno, ya se le pasó un poco el enojo y encima dice que va a cocinar rico pero sano. Combinación solemne, saldrá solo de la boca de una maestra cocinera.

No, no podés salir.

Porque te tengo una sorpresa.

Ah, eso es imposible. Tendrás que esperar para conocerla.

Sí, ya sé, podría haberme quedado callada, pero ya me conocés.

No es que la sorpresa no me guste, no es que tenga nada contra ella. Pero Luz, mirame, mira mis ojos, notá lo que los demás no, como siempre, que quiero estar solo, por favor. No, mejor quedate, así está bien, ahora te dejas caer con esa forma tan tuya de echarte en los sillones, las piernas por un lado, la cabeza siempre en algo que está mucho más allá de donde yo puedo llegar.

Pobrecito, ahí acostadito, enfermito, en piyamas

¿De que se ríe, de qué se ríe? Me podés decir de qué te reís.

De nada tonto, de nada, sólo que te queda muy gracioso el pijamas. Lunares blancos y la tela celeste. Ay, pero si le queda tan bonito, ni que fuera un cielo de día con estrellas.

Quién las entiende a ustedes… ¿no me vas a dar un abrazo?, mirá que no es contagioso, tanto tiempo lejanos.

Siempre así, lejanos, el único lugar donde podemos estar juntos. Igual que esos lunares, estoy cosida, pintada una o mil veces como esas estrellas por tu cuerpo, y lejana como ellas. Pero me detesto porque aunque no me notes, no me veas, eso se borra con cosas tan simples como este abrazo que nos estamos dando, sentir esta constelación que late en tu pecho, esas estrellas que inocentemente te regalé sin saber que ahora pensaría en robártelas, desalunarte, desestrellarte, y así recuperar algo en tanta ausencia que se siente pesada y lenta como una mandíbula de tortuga. Quedaste lleno de estrellas y yo agujereada. Mi cielo no tiene lunares estrellas blancas como el tuyo. Estoy apuñalada, desbordada de estrellas negras. Si supieras las cataratas estelares que nacen de sus desbordes, que ese techo monstruosamente lejano y destruido es lo que queda de lo que alguna vez, quizá, existió. Imposible que lo sepas, que al menos lo intuyas. Quizá ya ni recuerdes cuando me dijiste que, y la cama y tu cuerpo tan, frágil, tan, desnudo, y ante mi incredulidad, la negación repentina y terminante; entonces entendeme este verte de nuevo después de nunca. Además me tenés lástima, se te nota en los ojos, te odio porque me mirás así aunque quiero que me mires así; aunque no, no soy tu perrito, ni nada, me voy, no te puedo más. Me voy, sabés, me dio un no se qué, no creo que me entiendas, mejor me voy.

Luz, esperá, quedate… pensás que no me doy cuenta por qué me mirás así sin decir nada. Lo de la otra vez fue un error, una situación propiamente de mierda. No quiero de vos tu alegría, quedate, quizá el silencio, o la música, a lo mejor esas cosas nos hacen vernos de nuevo.

Ah, llegó la hora poética, que se guarde esa porquerías para sus poemas o lo que sean, y que no me las tire en la cara, ¿no es evidente que amo eso de vos y que por eso mismo lo detesto? Que se lo ahorre, que se calle.

-Miren lo que les traje, café con tostadas y medialunas. ¿Qué tal?

-Muchas gracias clari.

-Como siempre, ustedes dos un coro. ¿No quieren nada más?

Me mira y se ríe, como antes, siempre dejando ese vestigio de gozo, esa sentencia declarada en el aire y en silencio, como si el chiste que acabo de hacer, las palabras que acabo de decir, ya hubiesen estado escritas en sus papeles y él sólo comprobara.

-Che, ¿eso es?…

-Chet Baker y Gerry Mulligan.

Él fuma un cigarrillo, siempre fuma un cigarrillo. Se lo intento quitar pero me esquiva con una sonrisa rápida. Me mira, con el cigarrillo pegado a su boca, consumiéndose dócilmente en su boca, esa boca que espera, esa boca que me hace pensar que ahí se nace y se muere, que en esa brecha breve hay espacio para el tiempo fuera del tiempo.

-Es K-4 Pacific, quizá uno de mis preferidos.

-Estuve escuchando algunas de Kenny Garret, me contagiaste ese gusto casi obsesivo que tenés por el saxo.

Y tira el humo y se ríe, no, se ríe y escupe el humo, lo echa de su boca como algo odioso, indecente de ese lugar sagrado, cosa fugaz, como casi todo lo que pasa por su boca, porque por su boca las cosas pasan para no quedarse, y esas cosas desean, desean en la lejanía al verla cerca en el recuerdo, o al renacerla, con suerte, en algún sueño, pero no es su boca, es la pesadilla de su boca que reclama un recuerdo.

Y por qué me decís que tu tía se fue y me mirás así, que se fue y va a volver de acá a unas horas, y destapás el whisky, como antes, destapás el whisky y me mirás y te reís y me das miedo, pero igual te abrazo porque de pronto estás llorando y me pedís perdón, tus manos se cruzan como dos ciegos por mi espalda, se reconocen por un instante y se separan, seguir de largo, dar dos, tres, veinte vueltas hasta acostarnos en la cama como ahora que me decís que no, que esta noche no haremos el amor, dejaremos que el amor nos haga; yo que recuerdo de dónde sacaste esas palabras porque yo también leo lo que vos leés, pero no me importa porque las palabras son porque salen de tu boca, tu boca que las crea en mis oídos que también besa, ahora que nos reímos despedazados, vivos y muertos de a partes, y fumamos, sabiendo que a tu tía le falta rato para volver, que en realidad esta noche no, esta noche adiós; y entonces dejamos que el amor nos rehaga, nos devuelva a este choque que me lanza a descifrarte lenta y desesperadamente en la oscuridad que borra nuestros cuerpos; y hay ese temor a no encontrarnos, a desdibujarnos del todo y volver a ser dos islas, por eso hoy no, por eso seguir dibujándonos en la oscuridad de tus sábanas, que recuerdan el lecho de un río.

-Sí tía, se fue.

-Una pena, porque compré un matahambrito que tiene una pinta que no te das una idea. Mirá. Ya sabía que te iba a gustar, mi negrito… imagino que al menos la habrás acompañado a la parada del colectivo ¿no?

-Sí, tía, sí. Dijo que va a venir en unos días, no supo decir cuándo, pero para que no la extrañes te dejó un beso. Dejame a mí que haga el matahambre, vos despreocupate y poné la radio que debería estar comenzando La venganza.

Así da gusto cocinar, no tanto que sea un matahambre, sino que al fondo está Dolina, Rolón, Gillespie y Mactas, y más al fondo está Luz, pero igual eso no tanto, hoy no y mañana creo que tampoco ¿nunca? No sé. Ella me ve como a un monstruo. Probablemente no se equivoque tanto. Aunque hoy fue otra cosa, al final, porque al principio, madre mía… a propósito, me pregunto dónde mi madre y mi padre, dónde, preguntas que caen y caerán inevitablemente en búsquedas infructuosas, desesperación de siglos, manjares podridos y cosas así. No, mejor seguir concentrado en esto, correr las brazas un poquito más acá y estas otras más acá, ahí está el circulito como me enseñó Francisco, lindas brazas che, qué bueno, buen carbón, buena madera, buena noche, buen vientito, lo justo para que el fuego prendiera como prendió ¿Qué hacer ahora?

La muerte de Luz y Clarita, lenta como el golpe de un martillo en el yunque, fue oscurecido su vida. Sólo conservaba una esperanza: secretamente continuaba en su cacería de senderos. Intento de todos modos infructuoso, que acababa con la liberación y un nuevo vuelo azul o amarillo o verde o rojo.

En un prado cerca de la casa de la tía –ahora su casa-, casi siempre por la tarde, bastaba correr para bañarse con miles de alas. Imposible disimular ese algo desesperadamente contento que bailaba en su cuerpo atormentado, en el dorso de sus manos de delfín que surcaban el aire que era como una nube para esa espalda disimulada, iceberg que insinúa su fuerza desde una parte.

Con movimientos buscos atrapaba tres, cuatro, diez. Las tomaba con una delicadeza que rayana con la idolatría, buscando en las alas su destino.

Podía vérselo correr por el campo rodeado de colores con vida, quizá ignorando –como tantos otros- la belleza que obsequiaba con aquel teatro oculto. Claro, esto pertenece al antes. Su prematura vejez comenzó por obligarlo a adoptar técnicas de caza más retorcidas. Luego sobrevinieron ciertas desilusiones, cierta desconfianza en la insidia de las esperanzas. Pronto lo dejó.

Sólo una o dos veces más se lo pudo ver con su andar confuso, moviendo interrogativamente la cabeza del suelo hacia el cielo, rutas de escape o de ingreso a algo que corría por su mente y que estaba ahí afuera, algo que lo desesperaba y lo impulsaba a retornar, algo que el tiempo parecía no poder devorar enteramente, sólo las migas, el cuerpo comido a medias, entonces la dificultad, el vaso oscuro que se desborda.

Se paseaba con un aire entre ausente y melancólico, acaso recordando el tiempo circular con el que tanto se deleitaron algunos; a lo mejor Marco Aurelio, Russell, Borges, G. Márquez sólo que esta vez una piedra, y entonces Sísifo, la tibieza de la piedra filosofal cayendo de sus manos inevitablemente, el retorno a la búsqueda, la inútil esperanza de un fin, el fácil recurso a la certeza de saberse coreado bajo formas que el Destino oculta.

A. Roquentin (F.C.)

Retomando

Septiembre 17, 2008 por nitratoferroso

Hoy retornan las actividades… La revista poco a poco va tomando forma…

Parece que hay viento…

Tarot

Agosto 27, 2008 por nitratoferroso

La actividad consistió en repartir 5 cartas de tarot al azar para que cada uno las usara como disparadores de acuerdo a lo que le significaban. Independientemente del significado mitológico, se podía hacer alusión a las figuras o simplemente a la interpretación que cada uno le diera.

El rey de la abundancia

Agosto 27, 2008 por nitratoferroso

Dios se cree el rey de la abundancia. Se piensa que debilita o decide por regla, o algún chirlo en el culo. Nunca me cerraron los encierros. Las monjas de clausura, los conventos. El no coger con forro o tener un hijo.
Dios se cree el rey de espadas. El que es capaz de ponértela en el cuello o clavarla hondamente. Honestamente fui a misa antes. Misas que eran charlas. Debates tercermundistas como el hambre, el cólera, cada uno de los cepos de los tobillos.
Me puse a buscar una figura en la pared y por esas extensiones de la mente pensé sobre la suma sacerdotisa: una resta para el mundo. El mundo del que ayer estábamos hablando -aprendo con vos hablando-. Aprendí de donde caen gotas, de los ojos caen gotas.
El tipo se levantó de la silla y fue a orinar el baño. Soltó su escupida amarilla por paredes y azulejos. Todo el piso una meada. Se despidió del baño con los pies desnudos y caminó hacía a través de todo el desperdicio. Miró la ventana desde el décimo. Vio hormigas en ojos de tigres. Bengalas apagadas o escondidas. Escupió y sintió el despido, la caída libre, que se abría como un paracaídas muerto. Diez espadas matan a una, a la abundancia de Dios –sonrío pensando-. Tomó el cuaderno del suelo y se compenetró de lleno en la obra, en las desgracias del día. Sujetó y soltó el lápiz tantas veces como pudo, lo sumergió en el puño y tomó coraje. Dios se cree el rey de la abundancia, inició. El rey de los destinos y el vino. El rey de los hombres ¿o acaso los hombres –pensó- lo han puesto en su lugar sagrado?
Ernesto dio vueltas y comió tabaco en un humo turbante. El silencio envolvente de las paredes cuatro que lo rodeaban acariciaba. Acariciaba su frente de la forma más áspera y dura. Se limpió el sudor a mano cambiada y sublevó las pestañas para ver si veía al mundo.
En un rincón cercano espera el tiempo, los zapatos viniendo a visitar tras la puerta. ¿qué van a decir del olor? ¿los gritos? ¿el líquido nacarado del desperdicio? Con dos litros menos las ideas comenzarán a surgir –suplica-. En fórmulas las químicas fallan o te hacen comer opio y creer que Dios es el rey de la abundancia y un hombre pequeño espera agazapado, esperando la distracción, para saltar a robar su tesoro.

Mati Barnes

Tiros en el bar

Agosto 27, 2008 por nitratoferroso

-    ¿A ver negro? Contame qué pasó –
-    No se bien… fue todo muy rápido –

Agustín se tomaba la cabeza y daba tragos rápidos al pequeño vaso de vino. El mozo los miraba de lejos, como sospechando. Quizás… enviado por el dueño.

-    Pero te juro que yo no fui loco… no se… tengo muchas cosas en la cabeza –
-    Pero ¿Qué viste? ¿Qué pasó? –

Agustín lo miró fijo, sus ojos denotaban sinceridad y era evidente que estaba aterrado.

-    El hombre verde – dijo finalmente
-    ¿Qué? –
-    Había un tipo verde –
-    Me estás jodiendo –
-    No, en serio boludo –

Elías dudó, se echó hacia atrás y amagó a decir algo, pero se detuvo.

-    Yo estaba con Luque, el tipo del otro día, había ido a la casa para cobrarle una guita pero no la tenía… -

Elías volvió a mirarlo fijamente, dudaba… se mantuvo en silencio.

-    Entonces apareció es tipo verde este, como desde la cocina, sacó un chumbo y lo quemó… ahí nomás. Después me miró a los ojos: “listo” digo “resuelto”, se me acercó, me corrió para un costado y se fue caminando – Agustín casi no paraba para respirar – Yo estaba helado, y en eso veo que un vecino se asoma por la puerta y me ve… a mí primero y después al fiambre tirado en el piso. Me vio a mí ¿Entendés? –
-    ¿Y que hiciste? – se precipitó Elías
-     Correr ¿Qué querías que haga? –

Elías hizo una seña al mozo:

-    ¿Esto es lo más fuerte que tenés? –
-    No, hay vodka –
-    Traeme una botella –

Agustín esperó a que el mozo se alejara y siguió:

-    No se qué hacer… la yuta ya debe estar allá y el otro tipo debe estar botoneando que fui yo – Y revisó que el mozo no se estuviera acercando.

Se produjo un silencio casi absoluto. Agustín se sentía bastante mareado
Finalmente el ruido de la botella interrumpió. El mozo los miró a los dos y se retiró.

-    ¿Viste cómo me mira? Mi cara ya debe estar en la tele –
-    Pará negro, calmate, no hay chance… -
-    Tengo que encontrar al hombre verde o estoy hasta las manos ¿Entendés? –
-    No se… la verdad… es muy extraña esa historia del hombre verde. No te va a creer nadie –
-    ¿Vos me crees? –

Elías no dijo nada; no le creía.
Parecía una cama; todo el círculo cerraba en Agustín: la deuda, la visita a lo de Luque y la muerte del tipo.

-    Negro… lo mataste vos –
-    ¿Qué decís? Yo no hice nada –

Elías mira al suelo y no vuelve a levantar la cabeza. El mozo está parado a 2 metros. Saca un 38 y le vuela la cabeza de dos tiros.

Martín

¿Qué está pasando en Córdoba ahora?

Agosto 20, 2008 por nitratoferroso

La actividad consiste en escribir, en cualquier género literario, ¿qué está pasando en Córdoba ahora? (durante la actividad).
Usamos algunos disparadores que podían ser utilizados. La idea era que se utilizara al menos uno.
Los disparadores de situación fueron:
En un bondi. En la parada del bondi. En una escuela nocturna. En otro taller literario. En un lugar recóndito de las sierras. En el departamento de al lado. En una pizzería de un barrio lejano. En un hospital. En un bar del abasto. En la Cañada. En una sala de ensayo. En un teatro. En una esquina cualquiera. Arriba de un auto. Bajo un puente del río Siquía. Entre Omar Gauna y su cuñado. En la puerta de la casa de un dealer. Entre un vago y su botella de vino. En la cocina de Ana mientras espera un llamado

Borracho

Agosto 20, 2008 por nitratoferroso

-  Documentos, por favor -ordenaba el cana mientras lo pateaba.

-  Docu… ¿qué? -respondió el borracho.

-  Documentos. Su identificación.

-  ¡Me llamo José! -exclamó con alegría.

-  No me importa cómo se llama. Quiero ver sus papeles.

-  ¿Papeles? Tengo un montón de papeles. Trato de escribir algo todos los días -respondió el borracho entre eructos sin ruido.

-  ¿Me está cargando? -amenazó el represor.

-  No podría señor policía, usted es mucho más grandote y más joven que yo.

-  Deme su identificación antes que empiece a perder la paciencia.

-  Ya le dije que me llamo José. Y si quiere leer lo que escribo con gusto se lo muestro. Déjeme nomás que busque acá entre todas estas cosas…

-  ¡Borracho de mierda! ¡O me mostrás tus documentos o te llevo! -gritó el cana mientras se llevaba la mano derecha a la cintura.

-  ¡Gracias oficial! La verdad que estoy llegando tardísimo a una cita -respondió sonriente el borracho mientras trataba de pararse agarrándose de un árbol.

El palo del policía que impactó en la cara del borracho lo devolvió a su posición habitual.

Gringo

¿Qué pasa en Córdoba?

Agosto 20, 2008 por nitratoferroso

En un lunar lugar me espera desnuda o así lo pienso.
Llamó esta tarde. Se dejó caer el pelo como nunca se lo había visto antes. Tal vez nuca antes la había visto con ese pelo, esa boca que me saludaba y reía.
Jugamos a los miedos, nos acercamos cuando se van. Últimamente seguido se desvanecen y no conjugo algunos puntos. Simplemente se me van a querer caer cerca de ella.
Me quedé pensando en ayer, en las horas que pasamos vos y yo. Tuve que hablar con alguien antes del sueño. Necesidades de desparramar alegrías. Pienso en vos, mucho.
En un bar del Abasto me espera desnuda o para que la desvista. Me enteré apenas hoy que anda suelta cerca de acá, de esta plaza rota, la vieja escuela convertida en centro comercial. La imagino todo el tiempo, esperándome en la calle – me siento estúpido-.
Allá afuera esperan demasiados gestos humanos. Cada uno de nosotros pero andando. La vida del día a día que cansa en el trabajo. Algunos descargan su ira con el vino, otros vienen a ver que pasa en un hueco literario, si les refleja un poco sentarse a pensar en silencio de papeles. Me apuro, escribo rápido y en segundos. Estás tirada con tu cabeza en la almohada por ahí imaginando estas cosas desde tu lado. Escuchando música que nos junta o nos suelta. Mido las cosas por tiempos de vos, un cuarto, nada de vos, una hora. Extrañas formas de dividir pasajes espaciales.
Todo circula y yo me planto. Quiero crecer como un árbol. Quiero quedarme quieto pensando que me estoy preparando para mañana caminar más liviano. Lo del abasto fue un verso, una blasfemia del mate, un guiño a la nada que se derriba por ladrillos. Estás en boulevard San Juan al ochocientos, cerca de los edificios, tocándote la panza, poniéndote delcanza, pensando estas cosas, mirando güevadas que cuelgan del techo. No sé más de vos ¿importa?, ¿qué está pasando en Córdoba ahora cuando la mujer espera en el Abasto?

                                                                                

                                                                                                                                                 Mati Barnes

Parece… pero no

Agosto 20, 2008 por nitratoferroso

Parece que está quieta, pero segundo a segundo cobra vida, se agita, se mueve por fuera de nosotros. Es incontrolable, la ciudad y la gente se alimentan una a la otra y acaban por devorarse en un ritmo de tambores cada vez más acelerado.
Un bondi viaja vertiginosamente hacia el norte. Del otro lado, en el piso 13 de la calle Corro al 200, tres amigos tiran los primeros acordes de lo que algún día será una banda.
Las luces del centro se prenden, se preparan para la función de trasnoche, el teatro empieza a recibir a sus primeros invitados y los actores van acumulando los nervios que harán explotar cuando empiece la obra.
Bien allá, donde nadie parece mirar, donde pocos ven que también es ciudad, Omar Gauna y su cuñado van tirando las brasas y destapando el primer porrón.
El billete que compró esa cerveza está recorriendo la Av. Maipú en el bolsillo trasero de un pasajero al que se lo dieron de vuelto.
Desde una ventana Mauro ve pasar los autos mientras fuma un cigarro y piensa en Ana… duda en llamarla.
Un perro ladra a un carro que junta unas ramas en Matienzo para llevarlas a un baldío.
Nosotros acá. Juntándolos a todos en un papel.

Martín

Iguales Palabras

Agosto 13, 2008 por nitratoferroso

estuve. decidí. atardecía. dureza. durazno. cemento. pigmento. color. hoja. árbol. casa. mate. cebolla. ruido. nudo. extraño. salud. dejé. ayer. casi nunca. perder. llenar. a veces. estuve. caído. miraba. miro. la noche. cada tarde. me fui. golpes. escaramuza. frío. calor. desierto. inundado. cerquita. equis. ene. sol. repetidamente. tapado. miembros. escapar. azul. usé. todo eso. viene. ayuda. comprendo. vago. tirada. diáriamente. puntos. reflejo. estado. relaciones. puja. salvador. el hombre. la mujer