A un gran amigo
Que no me conoce.
“Andamos por ahí sin destino ninguno.
Cuando cazamos la mariposa y leemos,
ahí sí, se nos asigna el destino que pesquemos,
lo cual se llama libre albedrío”
A. Dolina
Corría detrás de ellas, carrera precipitada en sentido contrario no obstante las apariencias. Algo desesperadamente contento bailaba en su cuerpo atormentado, en el dorso de sus manos de delfín que surcaban el aire que era como una nube para esa espalda disimulada, iceberg que insinúa su fuerza desde una parte. El palo en alto y amenazante; una red cuidadosamente atada a él.
Permaneciendo entre los ocasos con el blasón de un héroe muerto, su pesada figura de gólem se arrastra, vuelve sus pasos hacia el cómodo imán de los mates, la radio, y el silencio rellenado con lecturas de Cortázar y Shua y etc., y está su tía –que no es su tía- en la casa; y para qué decir más, ahora que se sienta mientras ella le alcanza un mate y siente el sabor doblemente amargo, recordando el día, más que un día, una repetición de momentos tejidos en las fisuras de su negación rotunda, aunque débil, a ser arrastrado a eso que se llama inercia, un dejarse llevar por el río mientras sin duda su piel se arruga como se está arrugando, se desertifica en ese vaivén constante de silencios.
No puede ser esto. Podría estar una vida así y acaso no llegaría a ningún lado. Pero adónde llegar, qué es esto de tener un fin, un lugar de descanso, una meta como una señorita que le coloca a uno la guirnalda por correr más rápido esos cien metros. Acaso se trate de correr más rápido, de llegar primero. No, debe ser algo así como romper la carrera volviéndose hacia atrás con una sonrisa que podría rozar la fragilidad del final y correr con los brazos en las piernas, las piernas en las brazos, perderse en la tribuna, ser uno más, ser, abolir momentáneamente la soledad, destituir esa reina venenosa del trono, hacer el amor con Cleopatra y terminar con una cuchillada en su corazón para beber un poco de ese veneno, y sólo ahí, quizá.
A este paso cualquiera podría sospechar algo de italiano en nuestra vasta cultura gastronómica. Otra vez fideos: Fideos, fideos, fideos, agua, manteca, hervor, espera, lentitud agonía, fideos listos cocidos, sal -más tarde porque la abuela anda mal de los riñones-, -aunque ahora la abuela no está así que sal antes y ahora: plato, cubiertos, fideos, queso rallado y a comer. A comer viendo alguna película, tal vez hoy pasen Vainilla Sky o Eterno resplandor de una mente… qué película esta última : la realidad abriéndose paso entre los recuerdos y naciendo ahí, una experiencia inmóvil, pasado creado a partir del pasado, un presente pasado; inteligentemente, el director puede ver en el recuerdo de lo doloroso algo necesario, por eso nuestro protagonista sufre, pero sólo cuando es conciente de que están borrando sus recuerdos, heridas, agujeros mil veces preferibles al vacío, un vaciamiento tanto más pronunciado cuanto menos lleno de ellas, aunque de una naturaleza claramente distinta a los de ese pobre soldado que hace cambiar el canal a Clarita, enteramente escandalizada con las cosas que se ven hoy en día, con el cable que está cada vez más caro y más amarillista –y también más verde-, y los impuestos y el perro que por qué no se calla, que dejá de ladrar chicho que quiero escuchar las noticias, y los brazos de tía Clarita que aprietan como un enorme oso polar lleno de frío, que tirita porque se murió no sé quien, y yo que no sé cómo tranquilizarla y le traigo un té que dice chá preto, y te va a hacer bien tía, no te preocupes.
¿Y esto? La casa de madera se alzaba monstruosamente delante. Las maderas hinchadas y la puerta pintada naranja pálido por la herrumbre, intentando escapar de sus goznes, coreaban la ruina. Curiosa versión de la torre de pizza, aunque sin su fama y toda esa innecesaria indumentaria artificial de que se rodea a los monumentos y obras que no suelen pasar de ser reproducciones de un estado de cosas que muere junto a otro que nace o lo discute. Entre tanta ruina, tallada en la madera, una mariposa con curiosas inscripciones.
No se sorprendió demasiado al despertarse bañado en transpiración, reconociendo en esa cama pobremente acolchada, su cama; en el piso de mosaicos sucios, su piso; en las paredes escritas, esas paredes que intentan salvar de su entierro las palabras de algunos autores, sus paredes, y, por qué no, sus palabras.
Clarita, el trapo frío, la pieza. Otra vez me dirá que me picó uno de esos mosquitos de porquería y se pondrá a despotricar contra cuanta cosas que casi siempre coinciden con el Estado, la economía, los cigarrillos –quién sabe las oscuras razones de su omnipresencia- y claro está, los jóvenes de hoy en día. Por lo demás, es bastante probable que me haya picado un mosquito. No puedo negar que los odio, especialmente en las horas de lectura, pero no podría juzgarlos tan severamente; son bichos, dudo que tengan la culpa de algo, ellos pican, como nosotros comemos o tenemos sexo, qué se le va a hacer.
Curiosos los sueños que, digo, las pesadillas que tengo. Clarita lo ve sonreír con los ojos entreabiertos, me mira sin saber que estoy pensando que quizá sería bueno escribir mis pesadillas-sueños: Sueñidillas, es su lugar común, su cotidianeidad, su muerte silenciosa, paso dado en las luces oscuras de alguna noche que impronunciable. Mis sueños han quedado sepultados. La pesadilla –mis únicos sueños y por eso, mis no-sueños en un plano como aparte, como lejano-, sueño mutilado, charla con el diablo, pacto cerrado en algún hemistiquio oscuro, que es como un vacío de símbolos trazados con la sangre de una bruja; nightmare, la yegua de la noche, como aquella pesadilla –aquel sueño- en la que una mujer pálida y desconocida me cortaba, especie de ritual que la convocaba a grabar en mi rostro breves trazos rojos, esclavizándome a sus límites: ella.
Qué atávicas uniones habrá entre el fuego y el infierno, de dónde nos vendrá este vínculo tan figurativo, cuestión que probablemente nos haga olvidar lo trascendental que hay detrás de todo; cosas estas que pueden ser rescatadas a través de una sensación como esta que produce la fiebre y huye de la sensación misma, dejando un espacio para la comprensión intermedia de puntos que se unen en la distancia, ese estar vacío-lleno.
Desde el recuerdo revivo sus pasos blandos de piel desnuda, de dedos despegándose del piso en el silencio y encuentro algo: el miedo a los terremotos, a que con uno o dos pasos suyos, un leve roce, los cimientos que sostiene un atlas olvidado se precipiten junto con todo. Entonces, entre la borrasca tenue del tabaco que flota en el aire, la cama me traga –cómo te entiendo ahora, Girondo- y me son regaladas imágenes de camas rotas de cansancio, de potenciales mares de sexo, de paredes acolchadas y escritas en mil lenguas –en una-, principios demasiado grandes para mis manos que se desesperan con tintas y plumas, imágenes esas de las que los sueños deberían adueñarse, haciéndolas más blandas, más masticables y difusas, y sin embargo nada de eso, sufra en la cama, húndase y quémese, sin hundirse y quemarse del todo, así, así, muy bien, que dentro de un ratito lo tenemos bien cocido y lo podemos comer con aderezos ¿ve?
37, ya estás mejor. Pero si serás, dónde habrás estado. Ahí tenés por andar dando vueltas todo el día quién sabe dónde. Seguro que fue un mosquito.
Ya está, ahí empieza la eterna perorata de los mosquitos y etcs., y yo cada vez más aburrido de oír esta repetición, como esos días… pero basta, le demos a tía clarita un beso así de gordo, qué bueno, ya se le pasó un poco el enojo y encima dice que va a cocinar rico pero sano. Combinación solemne, saldrá solo de la boca de una maestra cocinera.
No, no podés salir.
Porque te tengo una sorpresa.
Ah, eso es imposible. Tendrás que esperar para conocerla.
Sí, ya sé, podría haberme quedado callada, pero ya me conocés.
No es que la sorpresa no me guste, no es que tenga nada contra ella. Pero Luz, mirame, mira mis ojos, notá lo que los demás no, como siempre, que quiero estar solo, por favor. No, mejor quedate, así está bien, ahora te dejas caer con esa forma tan tuya de echarte en los sillones, las piernas por un lado, la cabeza siempre en algo que está mucho más allá de donde yo puedo llegar.
Pobrecito, ahí acostadito, enfermito, en piyamas
¿De que se ríe, de qué se ríe? Me podés decir de qué te reís.
De nada tonto, de nada, sólo que te queda muy gracioso el pijamas. Lunares blancos y la tela celeste. Ay, pero si le queda tan bonito, ni que fuera un cielo de día con estrellas.
Quién las entiende a ustedes… ¿no me vas a dar un abrazo?, mirá que no es contagioso, tanto tiempo lejanos.
Siempre así, lejanos, el único lugar donde podemos estar juntos. Igual que esos lunares, estoy cosida, pintada una o mil veces como esas estrellas por tu cuerpo, y lejana como ellas. Pero me detesto porque aunque no me notes, no me veas, eso se borra con cosas tan simples como este abrazo que nos estamos dando, sentir esta constelación que late en tu pecho, esas estrellas que inocentemente te regalé sin saber que ahora pensaría en robártelas, desalunarte, desestrellarte, y así recuperar algo en tanta ausencia que se siente pesada y lenta como una mandíbula de tortuga. Quedaste lleno de estrellas y yo agujereada. Mi cielo no tiene lunares estrellas blancas como el tuyo. Estoy apuñalada, desbordada de estrellas negras. Si supieras las cataratas estelares que nacen de sus desbordes, que ese techo monstruosamente lejano y destruido es lo que queda de lo que alguna vez, quizá, existió. Imposible que lo sepas, que al menos lo intuyas. Quizá ya ni recuerdes cuando me dijiste que, y la cama y tu cuerpo tan, frágil, tan, desnudo, y ante mi incredulidad, la negación repentina y terminante; entonces entendeme este verte de nuevo después de nunca. Además me tenés lástima, se te nota en los ojos, te odio porque me mirás así aunque quiero que me mires así; aunque no, no soy tu perrito, ni nada, me voy, no te puedo más. Me voy, sabés, me dio un no se qué, no creo que me entiendas, mejor me voy.
Luz, esperá, quedate… pensás que no me doy cuenta por qué me mirás así sin decir nada. Lo de la otra vez fue un error, una situación propiamente de mierda. No quiero de vos tu alegría, quedate, quizá el silencio, o la música, a lo mejor esas cosas nos hacen vernos de nuevo.
Ah, llegó la hora poética, que se guarde esa porquerías para sus poemas o lo que sean, y que no me las tire en la cara, ¿no es evidente que amo eso de vos y que por eso mismo lo detesto? Que se lo ahorre, que se calle.
-Miren lo que les traje, café con tostadas y medialunas. ¿Qué tal?
-Muchas gracias clari.
-Como siempre, ustedes dos un coro. ¿No quieren nada más?
Me mira y se ríe, como antes, siempre dejando ese vestigio de gozo, esa sentencia declarada en el aire y en silencio, como si el chiste que acabo de hacer, las palabras que acabo de decir, ya hubiesen estado escritas en sus papeles y él sólo comprobara.
-Che, ¿eso es?…
-Chet Baker y Gerry Mulligan.
Él fuma un cigarrillo, siempre fuma un cigarrillo. Se lo intento quitar pero me esquiva con una sonrisa rápida. Me mira, con el cigarrillo pegado a su boca, consumiéndose dócilmente en su boca, esa boca que espera, esa boca que me hace pensar que ahí se nace y se muere, que en esa brecha breve hay espacio para el tiempo fuera del tiempo.
-Es K-4 Pacific, quizá uno de mis preferidos.
-Estuve escuchando algunas de Kenny Garret, me contagiaste ese gusto casi obsesivo que tenés por el saxo.
Y tira el humo y se ríe, no, se ríe y escupe el humo, lo echa de su boca como algo odioso, indecente de ese lugar sagrado, cosa fugaz, como casi todo lo que pasa por su boca, porque por su boca las cosas pasan para no quedarse, y esas cosas desean, desean en la lejanía al verla cerca en el recuerdo, o al renacerla, con suerte, en algún sueño, pero no es su boca, es la pesadilla de su boca que reclama un recuerdo.
Y por qué me decís que tu tía se fue y me mirás así, que se fue y va a volver de acá a unas horas, y destapás el whisky, como antes, destapás el whisky y me mirás y te reís y me das miedo, pero igual te abrazo porque de pronto estás llorando y me pedís perdón, tus manos se cruzan como dos ciegos por mi espalda, se reconocen por un instante y se separan, seguir de largo, dar dos, tres, veinte vueltas hasta acostarnos en la cama como ahora que me decís que no, que esta noche no haremos el amor, dejaremos que el amor nos haga; yo que recuerdo de dónde sacaste esas palabras porque yo también leo lo que vos leés, pero no me importa porque las palabras son porque salen de tu boca, tu boca que las crea en mis oídos que también besa, ahora que nos reímos despedazados, vivos y muertos de a partes, y fumamos, sabiendo que a tu tía le falta rato para volver, que en realidad esta noche no, esta noche adiós; y entonces dejamos que el amor nos rehaga, nos devuelva a este choque que me lanza a descifrarte lenta y desesperadamente en la oscuridad que borra nuestros cuerpos; y hay ese temor a no encontrarnos, a desdibujarnos del todo y volver a ser dos islas, por eso hoy no, por eso seguir dibujándonos en la oscuridad de tus sábanas, que recuerdan el lecho de un río.
-Sí tía, se fue.
-Una pena, porque compré un matahambrito que tiene una pinta que no te das una idea. Mirá. Ya sabía que te iba a gustar, mi negrito… imagino que al menos la habrás acompañado a la parada del colectivo ¿no?
-Sí, tía, sí. Dijo que va a venir en unos días, no supo decir cuándo, pero para que no la extrañes te dejó un beso. Dejame a mí que haga el matahambre, vos despreocupate y poné la radio que debería estar comenzando La venganza.
Así da gusto cocinar, no tanto que sea un matahambre, sino que al fondo está Dolina, Rolón, Gillespie y Mactas, y más al fondo está Luz, pero igual eso no tanto, hoy no y mañana creo que tampoco ¿nunca? No sé. Ella me ve como a un monstruo. Probablemente no se equivoque tanto. Aunque hoy fue otra cosa, al final, porque al principio, madre mía… a propósito, me pregunto dónde mi madre y mi padre, dónde, preguntas que caen y caerán inevitablemente en búsquedas infructuosas, desesperación de siglos, manjares podridos y cosas así. No, mejor seguir concentrado en esto, correr las brazas un poquito más acá y estas otras más acá, ahí está el circulito como me enseñó Francisco, lindas brazas che, qué bueno, buen carbón, buena madera, buena noche, buen vientito, lo justo para que el fuego prendiera como prendió ¿Qué hacer ahora?
La muerte de Luz y Clarita, lenta como el golpe de un martillo en el yunque, fue oscurecido su vida. Sólo conservaba una esperanza: secretamente continuaba en su cacería de senderos. Intento de todos modos infructuoso, que acababa con la liberación y un nuevo vuelo azul o amarillo o verde o rojo.
En un prado cerca de la casa de la tía –ahora su casa-, casi siempre por la tarde, bastaba correr para bañarse con miles de alas. Imposible disimular ese algo desesperadamente contento que bailaba en su cuerpo atormentado, en el dorso de sus manos de delfín que surcaban el aire que era como una nube para esa espalda disimulada, iceberg que insinúa su fuerza desde una parte.
Con movimientos buscos atrapaba tres, cuatro, diez. Las tomaba con una delicadeza que rayana con la idolatría, buscando en las alas su destino.
Podía vérselo correr por el campo rodeado de colores con vida, quizá ignorando –como tantos otros- la belleza que obsequiaba con aquel teatro oculto. Claro, esto pertenece al antes. Su prematura vejez comenzó por obligarlo a adoptar técnicas de caza más retorcidas. Luego sobrevinieron ciertas desilusiones, cierta desconfianza en la insidia de las esperanzas. Pronto lo dejó.
Sólo una o dos veces más se lo pudo ver con su andar confuso, moviendo interrogativamente la cabeza del suelo hacia el cielo, rutas de escape o de ingreso a algo que corría por su mente y que estaba ahí afuera, algo que lo desesperaba y lo impulsaba a retornar, algo que el tiempo parecía no poder devorar enteramente, sólo las migas, el cuerpo comido a medias, entonces la dificultad, el vaso oscuro que se desborda.
Se paseaba con un aire entre ausente y melancólico, acaso recordando el tiempo circular con el que tanto se deleitaron algunos; a lo mejor Marco Aurelio, Russell, Borges, G. Márquez sólo que esta vez una piedra, y entonces Sísifo, la tibieza de la piedra filosofal cayendo de sus manos inevitablemente, el retorno a la búsqueda, la inútil esperanza de un fin, el fácil recurso a la certeza de saberse coreado bajo formas que el Destino oculta.
A. Roquentin (F.C.)